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domingo, 10 de enero de 2010

Mas allá de los Sueños.



       De nuevo ella estaba allí, a unos metros de mi ventana, sentada en el banco, en el paseo de la playa, con la mirada perdida flotando sobre las olas del mar, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo negro, apretándolas contra su cuerpo, luchando contra la brisa fría e invernal que le azotaba su cara. Su pelo se mecía al son que marcaba aquel viento helador, al igual que sus grandes pendientes en forma de aro, que de vez en cuando me deslumbraban al reflejar los rayos de un sol, que brillaba en lo alto del cielo, de un día que había amanecido despejado y luminoso.
         Sonreí. Me alegraba volver a verla después de aquellos meses de ausencia. Volvería a oír su voz suave, dulce, envolvente, aquel tono de voz meloso que me cautivaba.
         Bajé, y me senté junto a ella. Me miró, y sonrió.
         -Cuanto tiempo…-Dije
         -Si.
         Su mirada era triste. Sus ojos reflejaban cansancio. Un suave maquillaje no lograba alejar totalmente de su rostro el legado de interminables noches de insomnio.
         -Puede que hoy no tenga ganas de compañía. –Pensé al notarla ausente, como si estuviera atrapada por el paisaje.
         No habíamos tenido largas conversaciones. Las típicas miradas furtivas, algunas veces hasta coquetas, pero no habíamos pasado de los saludos formales y de las típicas referencias al estado del tiempo, la mar, el viento, la limpieza del paseo y de la playa…algo sin importancia.
         -Si prefieres estar sola…
         -No…quédate.- Me contestó pareciendo volver a la realidad.
         Esbozó una nueva sonrisa girando levemente la cabeza dejando que sus cabellos y sus pendientes fueran acunados por la brisa desde otro ángulo, dejándome apreciar la suave y escasamente bronceada piel de su cuello.
         -Quédate…- Repitió apoyando su mano sobre la mía, impidiendo que me levantara. Tiró de ella suavemente hacia atrás, hasta que me acomodé, pero no me soltó…
         -Vaya…parece que tienes frío. No te apetecería más tomar un café en un sitio calentito. –Intenté mostrarme cortés y cercano.
         -No…aquí es donde me siento mejor. – Dijo deslizando suavemente sus dedos bajo la palma de mi mano, apretando levemente.
         -Como tú quieras.- Dije algo incómodo, cosa que no tardó mucho en pasárseme…
         Es difícil expresar lo que sentí en aquel momento. Hay cosas que resultan inexplicables para una mente racional y cuadriculada como la mía. Pero aquel escalofrío… me inundó de imágenes, sonidos e incluso de aromas el cerebro a una velocidad que apenas alcanzaba a procesar. ¿Que era? ¿Un sueño?...
         …Ella acariciaba con ternura la foto de una niña, mientras le susurraba palabras indescriptiblemente cariñosas, mientras sus ojos temblaban llenos de lágrimas a punto de partir. De repente, la niña alargó su mano y, agarrándose a ella, consiguió abandonar la cárcel del portarretratos.
         Ambas comenzaron a caminar. Era su hermana, o eso me pareció, porque le llamaba “Tata”, y la sonreía constantemente. Ella miró hacia atrás al oír gritos, y tirando de su hermanita, ambas comenzaron a correr hacia la casa de sus tías en busca de refugio. Unos hombres las perseguían.
         -¿Quiénes sois? Dejadnos tranquilas –Gritaba ella casi sin aliento, asustada, sin siquiera girarse. No recibió respuesta.
         Aquellos hombres estuvieron tan cerca de atraparlas, que incluso ella luchó por su vida para proteger a su “pequeña”, quien parecía el objetivo de sus perseguidores.
         Finalmente lograron llegar a casa de sus tías.
         Su aspecto era diferente…El tiempo había pasado por aquel lugar. La casa aparecía ante sus ojos, vieja y desconchada. El pequeño parque cercano mostraba árboles agostados, cansados, sin fuerza. Sus hojas yacían inertes cubriendo, en parte, un césped descuidado.
         Consiguieron entrar, pero ya era tarde. Aquellos hombres estaban dentro inexplicablemente.
         Ella retiró a su hermana, y se puso delante, en actitud protectora.
         -Quiénes sois y que queréis de nosotras. –Dijo con voz firme, decidida y segura, intentando tranquilizar a la niña y a sus tías con su proceder.
         -Somos los “constructores del destino”. Una de vosotras tendrá que venir con nosotros. –Dijo con voz ronca uno de aquellos hombres, señalando hacia ella y la “pequeña”
         -Iré yo…, pero debéis prometerme cumplir con la obligación que tengo impuesta, cuidar de ella y de mis tías. –Dijo dando un paso hacia delante
         -No tata, no…no me dejes… -Gritó la niña aferrándose a sus piernas
         -De acuerdo…Nos parece justo, vendrás con nosotros, nos encargaremos de ellas. -Respondió aquel hombre
         Ella se volvió y se agachó, agarrando a su hermanita cariñosamente por los hombros.
         -Escucha…Estarás bien. Yo soy mayor que tú. Debo ir. Ellos han prometido cuidaros a las tres. Estaréis seguras.  Tengo que acompañarles. A veces las cosas no son tan sencillas. No podemos elegir nuestro destino mi niña.
         -Pero, ¿volverás…?
         -Te lo prometo. –Dijo con la incertidumbre de quizá no poder cumplir aquella promesa
         Ambas se abrazaron y se dedicaron una cálida despedida. Después, ella salió de la casa acompañada de aquellos hombres.
         Los “constructores de destinos” recorrían el universo reconstruyendo ciudades devastadas, y para eso la querían a ella. Ciudad tras ciudad, ella trabajó sin descanso, durante no se sabe el tiempo. Hasta que un día los “constructores de destinos” consideraron que ella había cumplido con su cometido.
         Aquella mañana, tras descansar toda la noche después de una agotador día de trabajo reconstruyendo una ciudad más, una ciudad cuyo nombre no recordaría, despertó apoyada en un viejo y vetusto árbol, frente a la casa de sus tías. Su hermana jugaba frente a ella…y la vio.
         -Tataaaaaaaaa.- Gritaba sonriendo, mientras corría a su encuentro.
         Ambas se fundieron en un abrazo largamente deseado, sincero y eterno. De nuevo estaban juntas…
         …Ella soltó mi mano.
         -No puedo explicar lo que he sentido. Pero tú…
         Ella me sonrió…sin decir una palabra. Comprendí todo el sufrimiento que pasaba por al mente de aquella mujer. Había visto a través de aquellos ojos; había visto lo que se escondía detrás de aquella mirada huidiza, tímida, triste y melancólica. Ella me había hecho participe de un sueño, su sueño.
         Ahora fui yo el que cogió su mano, y la sujete entre las mías.
         -Se fue…pero permanecerá para siempre en tus sueños y en tus recuerdos. Deberás aprender a despertarte con la tristeza de la realidad; deberás aprender a vivir con ese vacío que nunca se llenará; deberás construir poco a poco un nuevo destino, como lo hacías con las ciudades en tu sueño.
         Ella me miraba, mientras unas lágrimas fluían irremediablemente de sus ojos.
         -La echo tanto de menos…-Me dijo
         -Lo sé…
          Me acerqué sin soltarle la mano, la rodeé con mi brazo y la atraje hacia mí, hasta que su cabeza se apoyó en mi pecho, dejándome impregnado del aroma de su pelo.
         El silencio de las olas del mar se convirtió en nuestro compañero. Poco a poco su respiración se hizo más lenta, constante y cadenciosa, hasta que se durmió. Mientras acariciaba su pelo, alborotado por el viento…le susurré al oído…
         -Sueña pequeña, sueña. Yo estaré, aquí, en este banco, esperándote si lo necesitas, acompañándote “Más allá de los sueños”.

          Dedicado a Gara, alma creadora de este blog. En cierto modo este es un “relato compartido” más”
          Todo mi cariño…Luis.