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lunes, 12 de abril de 2010

A la orilla del mar.

        Gabriel paseaba calle abajo, como todos los días, en dirección a la playa, mirando a todos los lados y a ninguno, jugando a captar algún detalle diferente que le sacara de la monotonía.
         Solía hacer el mismo recorrido...
         Bajaba por la amplia avenida, con sus setos perfectamente recortados y sus farolas en la mediana, y sus aceras laterales salpicadas de tanto en tanto por un árbol, cuyas hojas empezaban a brotar en aquella incipiente primavera. Cuando llegaba a la playa recorría el paseo marítimo, flanqueado por pequeñas palmeras, cobijado por las fantasmagóricas sombras de aquellas moles de hormigón generadas por el urbanismo incontrolado.  
         Se sentaba siempre en el mismo banco, su banco, a oír la música celestial, para él, del rumor de las olas, observar el ocaso en el horizonte, y aspirar el aroma del salitre. Ocasionalmente abandonaba su cálido refugio para pasear por la arena, casi siempre días donde el viento había alisado su superficie. Le gustaba romper esa uniformidad con sus pisadas y coger un puñado entre sus manos, palparla, sentirla, dejarla resbalar entre sus dedos. Era una sensación que necesitaba de vez en cuando.     
         Aquella tarde de primavera en su banco había sentado un anciano. Su rostro reflejaba cansancio, su piel, cuarteada por la edad, tostada por el sol, denotaba agotamiento. Sus manos, arrugadas y temblorosas, se apoyaban sobre una cachava que sujetaba entre sus piernas. Vestido con un traje negro, camisa blanca, con la boina calada, ligeramente inclinada hacia la izquierda perdía su mirada en el horizonte con la tristeza y nostalgia que sólo un anciano, un veterano de la vida puede sentir.
         Gabriel se sentó junto a él. Ambos contemplaban el paisaje que les ofrecía el banco. En la playa, unos pocos atrevidos chapoteaban en la orilla o nadaban en aquel agua fría. Algunos más, paseaban disfrutando de los últimos rayos de sol. Al fondo, la isla, mole rocosa que parecía depositada allí por algún coloso o gigante de otros tiempos. Cruzando el horizonte, a escasa velocidad, un barco turístico que regresaba de su periplo por las localidades cercanas, quebraba la uniformidad del mar en calma, dejando un oleaje artificial a su paso.
         -¿Te gusta el mar joven? –La voz del anciano sonaba serena, nostálgica…
         -Si, me gusta. Me gusta su olor, su sonido. Me gusta la playa, la arena, pasear por ella, sentirla bajo mis pies. Me gusta sentarme aquí a observar a la gente, a ver romper las olas en la orilla, a mirar los barcos y sus estelas.
         -Fui marinero. Desde niño el mar formó parte de mí. Nunca pude separarme de él. Viví embarcado mucho tiempo, en pesqueros pequeños, en pesqueros más grandes, en mercantes… Ahora el mar sigue atrayéndome. Sigue tirando de mi vida. Sigue llamándome todos los días…y más, desde que falleció Soledad, mi mujer.
         Al anciano se le hizo un nudo en la garganta. Permaneció impasible mirando el horizonte, hasta que un ligero temblor de sus labios precedió a una lágrima, que abandonó el refugio de sus ojos cansados y fluyó brillante por su mejilla arrugada y cuarteada por el tiempo.
         -Vaya…lo siento mucho. –Balbuceó Gabriel sin saber que decir.
         Tras unos breves instantes, algo incómodos para el joven, el anciano rompió aquel silencio cortante que se había instalado en el banco de la playa.
         -Muchacho… ¿Crees que se puede morir de pena?
Gabriel se quedó en silencio, como si las palabras del anciano hubiesen cavado una galería en el tiempo por la que se deslizó inevitablemente. Se detuvo en el pasillo de azulejos marrones de la casa que su amigo había alquilado con otros estudiantes y donde había coincidido con Marie, que también había acudido a visitar a una amiga. Esa foto que se hicieron aquella noche cogidos de la cintura al volver de tomar unas copas, representaba la pena. La que sintió el día en que terminaron las cortas vacaciones y cada uno tuvo que volver a su casa.
Sin mirar al anciano, respiró hondo y soltó todo el aire que había acumulado de un sólo golpe.
         -Mire, la pena se convierte muchas veces en una hermana que nos acompaña toda la vida. Lo mejor es llevarnos bien con ella para que no nos haga mucho daño.
         -Si, ¿pero qué haces cuando la hermana se llama Soledad?
         -En cualquier caso, se debe convivir con ella.
         Otro silencio largo, que en esta ocasión despertó el anciano, que habló despacio, como arrastrando cada una de las palabras, como si cada cosa que decía la visualizara en imágenes del álbum de su vida.
         -No sabes la de veces que me hablaron de pasar página, de volver a vivir, de borrar episodios, de romper con el pasado… porque es una manera de vencer al dolor. Es todo teoría, porque la mente es capaz de definir todas las estrategias que te puedas imaginar. Pero es incapaz de controlar algunas cosas insignificantes que se filtran del pasado y se hacen presente. Los instantes, los pequeños momentos que no terminan de irse, los recuerdos lejanos que de pronto se presentan con fuerza sin respetar el tiempo, como la letra de un antiguo bolero que habla del tiempo y las horas. ¿Qué hacemos con eso?; ¿Qué nos queda cuando ni el tiempo es capaz de borrar la huella de la pena?; ¿Cómo se puede dejar de pensar en alguien que está presente?; ¿Cómo deshacer los nudos que se hicieron en una vida?
         Y de nuevo el pensamiento de Gabriel se perdió en el tiempo. Los primeros días en la casa de su amigo fueron corrientes, mucho trasiego de gente, largas conversaciones intelectuales en el salón y la música en la habitación de la amiga de Marie que sonaba incesante bajo aquella tenue luz. Sucedió un día cualquiera, nada especial, un día de los de salir en grupo, una noche normal que sólo fue diferente a la vista del recuerdo.
Fue en aquel local llamado Sócrates donde se reunían los estudiantes para beber menta con vodka donde se miraron a los ojos. Una mirada silenciosa, cercana, una mirada de gestos cuando ceden las palabras, cuando desaparece el resto del mundo. Y desde ese momento se fueron encadenando los gestos, las frases cortas fueron dejando paso a largas conversaciones en las que dibujaron retales de la vida de cada uno. Luego fueron al cine, a ver como sonaba el mar, a comer a aquel restaurante persa, a pasear por el puerto mientras se llenaban de besos y tímidas caricias… y después de aquel domingo por la tarde cuando oyó que se cerró la puerta de la calle, a respirar la tristeza.
No hubo tiempo para hablar de otro lugar y sabía que Marie era de las personas que vivían el momento sin pensar en nada más, sin aferrarse a esos sentimientos pasajeros que duraban lo que duraban. Pero el había naufragado en aquellos ojos y había empezado a construir un paraíso de felicidad en aquella mirada. Sabía que había iniciado un camino a ninguna parte y que le acompañaba la pena derramada de todos aquellos gestos, de la forma de moverse, la manera de apartarse el pelo de la cara, aquella expresión de su cara, sus ojos y sus manos de seda.
Otra vez Gabriel volvió a expirar, como si volviera de un letargo, colocándose las manos entrelazadas detrás de la nuca.
-Yo también perdí a alguien y aún sigo pensando en ella con pena porque tampoco conseguí borrarla. Se que cada uno tiene sus propias vivencias, pero cuando vengo al mar cada día siempre la busco detrás del horizonte, hasta que se me desvanecen los sueños de la añoranza. Sigo vivo, pero se lo que duele el amor.
El anciano miró al cielo y lanzó un suspiro; se movió para buscar una postura más cómoda y cogió a Gabriel por el hombro.
-Mira al cielo; deja que tu mirada vuele a través de las nubes. Ahora dime, ¿qué ves? – Preguntó el anciano
-Veo una, dos, tres…cuatro o cinco nueves; depende de si esa gran del fondo termina de dividirse en dos.
-Te he dicho que mires al cielo; no que cuentes las nubes. ¡Fíjate mejor muchacho! – Ordenó el anciano con voz grave y enojada.
-No sea tan cascarrabias buen hombre. – Se defendió Gabriel.
-¡Me he ganado ese derecho a fuerza de vivir! ¡No seas tan insolente y obedece!
-Lo que usted diga. – Respondió el joven con una sonrisa de nostalgia ante esa regañina del anciano que le hizo recordar a su abuelo.
-Mira de nuevo al cielo y dime lo que ves. – Dijo ahora más sosegado.
-Veo el cielo.
-Sigue.
-Es inmenso, infinito.
-Pues allí es donde van los amores perdidos. Son tantos que necesitan de la inmensidad del cielo y son tan puñeteros y jodidos que nos observan desde allí arriba y se dejan ver para que no los olvidemos nunca.
-Usted que es mayor…
-¡Viejo! ¡Eso de mayor es una mariconada! – Exclamó el anciano con una vehemencia que le hizo fruncir el ceño y hacer que los surcos de su frente se acentuaran aún más.- ¡Continúe!
-Con su permiso. Usted que ya ha vivido tantos años; que ha pasado por sus amores y por los de la gente que lo ha rodeado. ¿Qué me aconseja para salir de esta pena que me ahoga y no me deja vivir?
-Quien te dé una solución o es un necio o te toma a ti por tal; no la hay. El dolor que sientes sirve para avisarte de que sigues vivo; para recordarte que la vida continúa. Si nuestro cuerpo es sabio nuestra alma lo es mucho más. El amor es una enfermedad del alma y uno de los síntomas es el dolor que deja cuando es no correspondido. No tenemos que olvidarlo; tenemos que aprender a convivir con él hasta que desaparezca; tenemos que luchar por seguir en la vida y no rendirnos jamás. – El anciano señaló con su encallecida y pellejuda mano al mar. – Antes me has dicho que te miras al mar e imaginas a tu amada en el horizonte. Haz una cosa; acércate a la orilla, descálzate y mete los pies en el mar; cuando hayas pasado un par de minutos así vienes y seguimos hablando.
-Hombre, hace frío. – Protestó Gabriel.
-¿Quieres el consejo de este viejo cascarrabias o no? – Le gritó nuevamente enfadado.
-Sí, claro.
         A regañadientes y mientras se decía a sí mismo que eso no podía estar ocurriendo, Gabriel caminó hacia la orilla mientras miraba al horizonte. Allí volvió a ver la figura difuminada de ella. Un perro que corría en busca de una pelota pasó a su lado y lo sacó de ese ensimismamiento. Volvió la cabeza y vio al anciano que lo observaba con atención y que con gestos con su cachava lo apremiaba a meterse en el agua. Se quitó el calzado y sintió el contacto de la arena en sus pies; se encogió de hombros y caminó hacia el lugar donde rompían las olas serenas de ese soleado día de primavera. El agua estaba fría  y dio algún que otro respingo hasta que su cuerpo se hizo a la temperatura del mar. Observó las olas llegar una y otra vez sin descanso; las observo acariciar la arena que cubrían. Empezó a sentirse mucho mejor. Tanto que se remangó los pantalones y se metió casi hasta las rodillas. Cerró los ojos y se llenó de energía y de vida.
         Tan bien se encontraba, que el anciano empezó a llamarlo a gritos mientras alzaba la vieja cachava puesto en pié con cara de malas pulgas. Gabriel salió dando saltos; cogió su calzado y descalzo corrió hasta el anciano.
         -Ahora dime. ¿Qué has sentido?
         -Ha sido fantástico; me he cargado de energía. – Respondió el joven casi con euforia.
         -Te has sentido vivo. No estás en edad de quedarte embobado en el horizonte desde este banco. Estás vivo y eres muy joven. Para vivir hay que mojarse.
         -Pero usted…
         -Yo soy un viejo a quien le quedan dos días. Dentro de poco iré al encuentro de mi amada, pero eso no será en vida; así que mejor no me mojo. Mi sitio está en el horizonte; me preparo para subirme a una nube. Tú sin embargo estás en edad de quedarte con una de esas olas que no dejan de llegar; que nos llaman y nos hipnotizan.

      Calvarian&Beker&Joselop44
     
    

lunes, 25 de enero de 2010

Cómo te va mi amor.


         Hay días en los que es mejor no levantarse; debió de pensar Eli ayer cuando nada más llegar al supermercado se encontró con la sorpresa de que era día de ofertas. Tocaba cambiar todos los cartelitos y había que hacerlo antes de que llegaran las marujas a comprar. El encargado le mandó hacerlo junto a Antonio; él se los pasaba mientras ella, subida a la escalerilla, los colgaba en el lugar adecuado. Le gustaba el modo en que Antonio la protegía; era muy tierno ver cómo él tenía el impulso de sujetarla cuando estaba sobre las escaleras, pero su timidez no se lo permitía. Era un chico muy especial y no se explicaba cómo seguía sin novia; habían hablado en bastantes ocasiones sobre temas sentimentales durante los desayunos, en los que de un modo u otro siempre terminaban coincidiendo. Ella le había contado algunas de sus ilusiones y todas sus decepciones; en cambio él era más reservado, casi nunca hablaba sobre sí mismo, solía hacerlo en referencia a cosas que le habían pasado a amigos y conocidos suyos.
         - Eli, nosotros…somos amigos ¿verdad? – Preguntó Antonio mientras miraba al suelo para no enfrentar la mirada de Eli.
     - ¡Claro hombre! – Respondió ella sin dudarlo un instante.
     - ¡Gracias!
     - ¿A qué ha venido esa pregunta? – Preguntó Eli.
         - No sé; supongo que por nada en especial; tan sólo…Bueno, me preguntaba que si somos amigos…-  Se quedó callado vencido por la timidez.
     - ¡Continua hombre de Dios! – Dijo Eli al terminar de colgar el último cartel.
     - Eso, que si somos amigos; los amigos no sólo se ven en el trabajo. Quedan para tomar una cerveza; para ir al cine; para pasear por la playa mientras se cuentan sus cosas…
         - Cuando quieras quedamos para esas cosas; eres mi mimosín favorito. – Dijo ella con todo el cariño del mundo y una gran sonrisa.
         - Lo que no imaginaba Eli era que Antonio, cada vez que ella lo llamaba su mejor amigo, mimosín, o cosas similares, recibía una punzada en el estómago. Lo que nunca supo es que cuando él le hablaba de quedar y hacer todas esas cosas, en realidad pensaba en pasar el mayor tiempo posible cuidándola; en estar junto a ella hicieran lo que hicieran; en compartir una vida juntos y en contarle a sus nietos, que a buen seguro saldrían tan tímidos como él, cómo consiguió conquistar a su abuela, a la mujer de sus sueños.
         El amor es muy duro; pensamos que nos encontramos en un tiovivo en el que no dejamos de dar vueltas en torno al ser amado; pero nos engañamos, en realidad damos esas vueltas en una noria, en un continuo subir y bajar en el que tan pronto nos encontramos eufóricos como sumidos en la más grande depresión; y ya se sabe, de la noria siempre nos apeamos por abajo.
         Cuando tras terminar la jornada laboral vuelve cada uno a su casa Antonio piensa que casi se ha declarado; que ha dado un paso muy importante para conseguir enamorar a Eli; se siente valiente e ilusionado pues ella le ha dicho que sí sin dudarlo, pero por otra parte no puede olvidar que volvió a llamarlo su mimosín preferido. Ella por su parte, piensa en el amor en abstracto; en lo bonito que sería poder hacer esas cosas que le ha propuesto su mimosín con alguien que la quisiera y no con un amigo. Se pone las zapatillas de estar en casa y enciende el ordenador mientras se quita el uniforme. Abre el Messenger; él no está conectado. Abre la página del facebook y se encuentra una canción que ha publicado su amiga Claudia, titulada “Cómo te va mi amor” y la canta un tal Hernaldo Zúñiga. Le da al play más que nada por curiosidad y se encuentra a un cantante que llena todo un escenario tan sólo con su voz y su guitarra; vestido con vaqueros y una camiseta sudada de color gris; el cabello algo largo y una cara marcada con las arrugas que otorga una vida intensa; su voz es potente y suena segura de sí misma y tras entonar la primera frase de la canción: “Qué sorpresas da la vida…” voces de chicas lo interrumpen llenas de admiración. Pone al volumen de los altavoces al máximo y se mete en la ducha. Abre el agua para que empiece a salir caliente; regula la temperatura y entra en la bañera. Comparte con dos estudiantes el piso y adora esos momentos antes de que ellas lleguen de las clases, para disfrutar de la soledad y de sus pensamientos más íntimos. Deja que el agua empape su cabello y siente cómo se desliza el calor del líquido elemento por cada poro de su cuerpo. La canción habla de un hombre que se encuentra por casualidad con una mujer con la que vivió un amor y a la que dejó escapar; nada más verla, se da cuenta de que vuelven esos sentimientos que él pensaba olvidados y reconoce que se equivocó al pensar que era un tema del pasado; nunca fue capaz de volver a enamorarse y habla del miedo a terminar sólo.  La escucha dos y tres veces porque le llega a lo más hondo de su ser y porque ha hecho que se acuerde de Miguel; el chico con el que salía antes de irse del pueblo y con el que prefirió cortar cuando marchó a Madrid en busca de nuevos horizontes. Termina de ponerse el pijama y enciende el televisor mientras saca una tartera con menestra de verduras salteadas con gambas; la mete en el microondas  y cuando se sienta en el comedor para cenar ve una noticia que llama su atención: han encontrado unos restos humanos del neolítico y lo más llamativo de la noticia son las imágenes de dichos restos; pues muestran a una pareja a la que han enterrado abrazados entre sí frente a frente.
         Eli cierra los ojos y no puede evitar que una lágrima se deslice por su mejilla pensando que un amor así es lo que ella sueña cada noche. Un amor en el que se sienta reina de un reino perdido, princesa de un cuento inacabado, sirena de un mar en calma. Aparta la lágrima con el dorso de la mano, mientras se acerca a la mesa del ordenador con el plato humeante con su cena.
         No le gusta cenar sola, odia cenar sola, y se ha acostumbrado a servirse su ración y dar cuenta de ella frente a la pantalla, mientras conversa con Antonio, que siempre que se conecta a Messenger le hace la misma pregunta: ¿qué tal ha cenado hoy la princesa? Se sorprende de ver que él sigue sin estar en línea, y comienza a mover el tenedor nerviosa por el plato revolviendo la comida sin ser consciente de lo que hace. De pronto se sobresalta al advertir que  una ventanita salta en la parte derecha de la pantalla y sonríe, ¡aquí estás! piensa.
         -¿Qué tal ha cenado hoy la princesa?
         Eli suelta el tenedor y no puede evitar contestar algo distinto a su habitual “bien, muy bien”.
         -Empezaba a pensar que hoy no querías hablar conmigo.
         Antonio, al otro lado del ciber espacio, se maldice por enésima vez por no tener en la tienda el mismo valor que demuestra escudado detrás de la pantalla.
         Eli no sabe que con quien está hablando ahora es su compañero de tienda, ese que agacha la mirada cuando ella se le enfrenta para pedirle que le pase los carteles de los precios o para cogerle un bolígrafo. Para ella éste Antonio es alguien sin rostro pero que le hace sentirse bien, alguien a quien espera cada noche mientras cena, ese hombre que le hace soñar con viajes mágicos a través de las estrellas. Sonríe al pensar que se conocieron en un foro de jardinería del que le había hablado su compañero de trabajo, y donde ella entró un día preguntando la mejor temporada para podar sus rosales amarillos. Roble32 fue el único que se molestó en contestar a una recién llegada y gracias a sus consejos, esa primavera sus rosas florecieron todavía más hermosas. Habían intercambiado sus direcciones de correo y sin darse cuenta llevaban casi un año hablando a diario, compartiendo penas y alegrías, poniendo sus vidas en las manos del otro a través del teclado.
         Sentía algo extraño cada vez que él se retrasaba en aparecer, y hubiera dado lo que fuera por conocerle, por poder sentarse delante de un café y mantener esas largas charlas que les robaban hasta horas de sueño. Sin embargo Antonio le había ido dando excusas a lo largo del tiempo para no verse.
         Eli había llegado a pensar que él, siendo tan maravilloso, tendría novia y por eso no quería verla. Sin embargo cada noche la montaba en una estela blanca y la paseaba por paraísos desconocidos, acompañándola y susurrándole al oído todo aquello que ella siempre soñó con escuchar de los labios de un hombre.
         Antonio descargaba sus sentimientos por ella, daba rienda suelta a todo lo que durante el día, mientras la tenía cerca, no se atrevía. Se maldecía por ser tan cobarde, por no atreverse a dar ese paso minúsculo que le separaba de ella, pero es que verla en persona, tenerla al lado, impregnarse de ese aroma que ella emanaba, le paralizaba.
         Estuvo toda la noche dándole vueltas a las últimas frases que se habían intercambiado antes de irse a dormir:
          -Si pudiera sentir que eres real sería la mujer más feliz del mundo.
          -¿Por qué dices eso?
          -Porque me gustaría que nos tomásemos un café, poder mirarme en tus ojos  y que me dijeras lo mismo que siempre me dices aquí.
         -Algún día, no te preocupes.
         -Sí, Antonio, algún día, pero siento que la vida es demasiado corta.
         Esa última frase de ella le había estremecido el alma, tanto que no le dejó dormir. Cuando sonó el despertador fue como si una manada de elefantes le pasara por encima. Por primera vez no tenía ganas de levantarse y llegar al supermercado para verla. Tal vez porque sabía que hoy era el primer día del resto de sus vidas y eso le asustaba.
          -Buenos días Antonio, tienes mala cara.
         -No he dormido bien, anoche me dolía la cabeza.
          -Pues venga, espabílate que hay que sacar las cajas del almacén para ir colocando las ofertas de la entrada.
         Antonio tragó saliva y la siguió hasta el almacén, donde el día anterior habían dejado la mercancía que entró a última hora. Las manos le sudaban y se las iba secando compulsivamente en la parte de atrás de sus vaqueros. Vio a Eli alejarse hasta el otro extremo y sintió que era el momento, que era su hora, notó que no podía esperar más...
         -¿Qué tal cenó anoche la princesa?  -Se sorprendió al notar su voz clara y firme, sin titubeos.
         Eli se quedó paralizada. Se había agachado a recoger algo que había caído por descuido y se levantó lentamente como si su cuerpo pesara sobremanera. Se quedó de espaldas a él, como una estatua de sal, como si la vida hubiera huido de su cuerpo. Pero reaccionó de inmediato girándose y quedando frente a aquella voz que tantas veces había imaginado y que ahora cobraba forma.
         -¿Tú?
         -Eli, siento no haberte dicho antes la verdad, que yo era con quien hablabas cada noche, pero tenía miedo de que se rompiera la magia y que no volvieras a regalarme esos momentos que compartía contigo. 
         Ella no respondió, no dijo nada, tan solo se acercó a él y agarrándose a su cuerpo buscó sus labios. Quedaron abrazados, frente a frente, igual que aquellos restos del neolítico que hacía unas horas ella había contemplado por televisión.

Joselop44&Hadaluna